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Diana Moreu Bibián - Fisioterapia en Togo

Desde hace varios años tenía claro que quería hacer un voluntariado, y tenía aún más claro que mi país de destino fuera África. Terminé la carrera y enseguida (por suerte) empecé a trabajar, por lo que nunca encontraba el momento perfecto para poder irme, hasta que este año pensé que no podía esperar más y algo me decía que había llegado mi momento.

Cargando un bebé en la espalda como se acostumbra en Togo

Así que, en enero me puse manos a la obra y empecé a buscar por internet un proyecto de voluntariado de Fisioterapia en África, buscaba un país de habla francesa, porque el inglés y yo no somos muy amigos, y así fue como conocí a Projects Abroad y a Togo, un país desconocido para mí pero por lo que veo ahora que he vuelto para mucha gente también. Seguí con la búsqueda de información y me enamoré de todo los que leía y veía de ese país, así que enseguida me puse a escribir mails como una loca al equipo de Projects Abroad (que siempre me contestaron muy atentamente y muy rápido) a finales de marzo ya estaba todo decido… ¡me iba Lomé en agosto!

Todo ese tiempo de preparativos hasta el día que coges el avión es una locura; papeles, vacunas, dudas… y en mi caso todavía me ocasionaba más estrés porque era la primera vez que viajaba sola fuera de Europa. El último mes me lo pasé imaginando y soñando como iba a ser el primer momento que llegará ahí, como iba a ser mi casa, mi familia de acogida, mis compañeros de trabajo, si iba a saber encajar ahí…

El 5 de agosto cogí el avión en Madrid y llegué a Lomé a las 18h, tuve que hacer el visado y ya dos trabajadores de la organización me estaban esperando fuera para ir con la familia. En ese momento cuando sales a la calle y piensas; estoy en África y miras a tu alrededor y todo te llama la atención, ¡es increíble! Me monte en el taxi y creo que nunca olvidaré el trayecto hasta la casa mirando por la ventanilla con los ojos como platos y también debo reconocer que con un miedo que me moría porque ¡la conducción ahí es caótica!

Viviendo la vida togolesa

Plato típico de Togo, fufu

En mi familia había otras dos voluntarias, desde el primer momento todo el mundo me acogió como si fuera una más. Y ese día comí mi primera cena africana. Mi casa me pareció genial (tenía taza del WC, ¿qué más podía pedir?) y la familia era muy atenta con todo, nunca me pusieron ninguna dificultad para nada y nos ayudaban en todo lo que podían. Además, a mi me parecía muy interesante poder vivir la experiencia con una familia local, viendo de cerca sus costumbres, comer sus alimentos, hablar y compartir las diferencias culturales con ellos…

El día de la introducción

Lista en la motocicleta y con mi chófer para que conocer la ciudad

Al día siguiente, era viernes por lo que hice la introducción en la ciudad con una trabajadora de la organización y con el chofer de la moto que me habían asignado (tampoco olvidaré nunca mi primer viaje en moto. Aún recuerdo el dolor de brazos de ir agarrada atrás ¡como si me fuera la vida en ello! Eso sí, luego le cogí el gusto y me encantaba). Me ayudaron a cambiar el dinero, a conseguir la tarjeta para el móvil y me explicaron todas las cosas necesarias para poder manejarte ahí. He de reconocer que ese día estaba un poco en shock, todas las calles me parecían iguales y todo me seguía pareciendo caótico.

Por la tarde los viernes se organizaban quedadas con los demás voluntarios, así que fui a mi primera “soirée”, ahí empecé a conocer a gente que luego ha sido muy importante para mí en la estancia en Lomé. Y ese primer fin de semana me fui a hacer turismo con algunos de ellos.

Manos a la obra

Centro de trabajo en Togo

El lunes empecé mi primer día de trabajo en un centro de rehabilitación, era un día importante para mí, porque era el día en el que iba a conocer el proyecto, en el cuál tenía puesta mucha ilusión. Los trabajadores igual que todo el mundo en esa ciudad, fueron encantadores conmigo y muy acogedores, desde el primer momento me explicaron cómo funcionaba el centro. Tenía que elegir entre trabajar con los adultos o con los niños, elegí la sala de los niños. Cuando entré a esa sala y vi a los fisioterapeutas por el suelo en colchonetas, las madres de los niños también sentadas en el suelo comiendo, los niños gritando y llorando (es normal eran muy pequeños y algunos no entienden que el trabajo que se está haciendo con ellos les va a beneficiar), pensé que ¡dónde me había metido! Está claro que la fisioterapia, las técnicas que ellos utilizan ahí y los medios, no son los mismos que nosotros empleamos en España, por lo tanto te choca de inicio, igual que a ellos les chochaba mi manera de trabajar, pero desde el primer momento me confiaron a sus pacientes y las mamás a sus hijos. No pretendía cambiar su manera de trabajar, ¿quién soy yo para que en 20 días, que es lo que iba a estar ahí, les cambie sus rutinas?, por supuesto cuando me han preguntado y he podido, les he enseñado cosas y he intercambiado información con ellos, pero muchas veces estamos equivocados cuando creemos que por vivir en un país “desarrollado” lo nuestro es más valido que lo suyo y creer que vamos a llegar ahí a cambiarlo todo.

El tiempo libre y la vuelta a casa

En un puente colgante durante el tiempo libre en Togo

Los días pasan muy rápido cuando estas a gusto y cuando la gente se entrega todo lo que puede y más contigo. Hacíamos actividades con los otros voluntarios, hacíamos turismo, íbamos a orfanatos, a hacer sensibilizaciones a poblaciones… cada día había cosas nuevas que descubrir ahí…

Manos representando el trabajo en conjunto en Togo

Llego el día de marchar, cuando estás haciendo la maleta es cuando todos los recuerdos desde el primer día hasta el último pasan por tu cabeza y haces el balance del viaje. Tres semanas es muy poco, pero es suficiente como para saber qué quieres volver a seguir descubriendo África y como para darte cuenta de lo que pasa en otras partes del mundo, y que por culpa del estrés al que estamos sometidos en los países “desarrollados” (y lo pongo entre comillas, porque me he dado cuenta que solo estamos más desarrollados en algunos aspectos, porque a nivel social y humano dejamos mucho que desear) no nos permite mirar más allá de nuestro ombligo. Después de vivir tres semanas en un sitio donde no hay relojes, no hay horarios, la gente no va con prisa por la calle (con esto no quiero decir que no trabajen, porque todo el mundo se dedica a algo, pero no con esas ansias de ganar dinero y competir con el vecino, sino simplemente para sobrevivir) te das cuenta de todas las pequeñas cosas que te pierdes en tu día a día y tienes miedo realmente de volver a tu rutina en España y que el estrés, las exigencias y los horarios se vuelvan a apoderar de ti y olvides lo feliz que has sido.

He visto mucha pobreza, mucha gente sin recursos, sin derecho a una sanidad, esas cosas son las que me gustaría cambiar, para que su calidad de vida mejorara. Pero a pesar de todo eso, en ningún momento la gente te transmite tristeza, todo lo contrario la gente baila y canta por la calle, siempre hay vida. He vuelto cargada de energía positiva para volver cuanto antes y poco a poco ir poniendo granitos de arena para colaborar en todo lo que se pueda.

Diana Moreu Bibián

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