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Marc Salvado - Gestión de desastres en Nepal

El voluntario español, Marc Salvado, durante su tiempo en Nepal

Esta ha sido mi primera experiencia en Asia así como en un país en desarrollo, de modo que antes del viaje no sabía muy bien lo que me iba a encontrar.

La vida allí es muy diferente. Resumiendo un poco diré que el tráfico es una auténtica locura, por lo menos en Katmandú, la capital; que las condiciones de higiene son muy inferiores a las nuestras, que la comida es muy distinta y casi siempre picante, aunque muy buena; que en Katmandú hay mucha contaminación, que todo es bastante más barato que aquí… Por la calle te miran extraño, pero si les dedicas un Namaste y una sonrisa, te la devuelven por duplicado.

Cuando llegué a la casa de la familia que me acogía, éramos unos 15 voluntarios. Más tarde fuimos unos 5 o 6, para después volver a ser casi 20. Siempre hubo muy buen rollo, me lo pasé genial con ellos. En el resto de proyectos, los grupos eran más reducidos, de unas 3 - 5 personas.

La familia que nos acogió era fantástica. Era un matrimonio con su hija de 19 meses. La madre estaba siempre con la niña, y Mama –así llamábamos al padre, significa “tío”– se encargaba de todo. Él trabajaba todo el día para que todo estuviera perfecto, y todos lo queríamos mucho.

Los días entre semana nos venía a recoger una furgoneta y nos llevaba a Bisankhunarayan, donde construíamos de nuevo una escuela que quedó destruida por los terremotos del pasado año 2015. La escuela seguía en activo, de modo que los niños y niñas hacían clase al aire libre y podíamos jugar con ellos durante los descansos. Hablando con los profesores es cuando creo haber entrado más en contacto con su cultura, y fue una experiencia impresionante.

La escuela se encontraba en un terreno bastante elevado y las vistas desde allí eran espectaculares. Abajo veíamos el resto del poblado y delante teníamos las montañas. El contraste de los verdes entre los bosques y los prados era precioso. Más arriba, las nubes se mezclaban con los picos de la cordillera. Poder disfrutar de aquel cuadro cada vez que descansaba del trabajo era un auténtico privilegio y aún tengo la imagen grabada en la mente.

El trabajo era duro si le ponías ganas. Siempre había cosas que hacer: transportar arena y piedras, mezclar hormigón, colocar ladrillos, filtrar arena… Obviamente, no se forzaba a nadie, de modo que cada uno aportaba lo que quería y podía, pero cuando uno cruza medio mundo, es lógico pensar que se va a dejar el alma. A veces éramos más, a veces menos, pero la gestión de los voluntarios siempre se hizo muy bien y nunca te quedabas colgado sin poder ayudar. A las 12:30h, como si se tratara un reloj, caía la lluvia del monzón y aprovechábamos para comer.

Las tardes las teníamos libres. A veces me iba con algunos compañeros a Thamel, otras veces quedaba con dos amigas que había hecho de otros proyectos y hacíamos turismo; y otras simplemente descansaba. Antes de comer, los del proyecto casi siempre quedábamos en un bar cerca de casa, y la última noche de cada voluntario la celebrábamos en un restaurante y en discos y clubes de Thamel.

Para los fines de semana, se organizaron dos viajes espectaculares a Pokhara y al safari de Chitwan. La ciudad de Pokhara y la excursión del Shanti Stupa me enamoraron perdidamente.

Entre las cosas que me llevo a casa, a parte de unos cuantos thangkas, tés y pashminas; está una increíble experiencia por Katmandú, Pokhara y Chitwan; unos recuerdos fantásticos de unas amistades repartidas por todo el mundo y de los encantadores niños, niñas y profesores que nos acompañaban cada día de trabajo; además de un par de reflexiones.

La primera es sobre el grupo de voluntarios: aun siendo chicos y chicas de personalidades, lugares y culturas muy diferentes, hay algo que sí tenemos en común. El simple hecho de venir de tan lejos a un país como Nepal para conocer la cultura de ahí y para ayudar a construir una escuela, es un filtro enorme de perfil personal y creo que ese es el truco de haber formado un grupo tan maravilloso. Echo muchísimo de menos mis compañeros –y al coordinador, un tipo genial– y me muero de ganas de volver a hacer un voluntariado en el extranjero para conocer más voluntarios como ellos.

La segunda trata de la cantidad de sonrisas que encontré allí. A veces uno oye que los más felices son los que menos tienen y para mí me esto era realmente algo difícil de creer esto visto desde mi cómoda vida en Barcelona. Y tampoco sé muy bien hasta qué punto esto es cierto o no, pero puedo hablar por lo que vi, y lo que vi es que gente que vivía en condiciones paupérrimas estaban todo el día con una sonrisa imborrable. Y pongo como ejemplo a algunos de los profesores de la escuela, cuya casa también había sido destruida por el terremoto y ahora vivían entre placas de uralita, con su pequeño huerto e intentando ahorrar, con lo poco que cobraban, lo suficiente como para poder comprar una cabra pequeña que les pudiera dar beneficios más adelante. Pues bien, eran personas muy alegres, muy bromistas y con una calma y una paz interior verdaderamente admirables. Y conociéndolos y conviviendo con ellos creo que he empezado a entender el mensaje de que, satisfechas unas necesidades materiales básicas (que en su caso, ni eso), el bien material de más ya no te hace más feliz.

Tenía muchas ganas de hacer este viaje, no solo por la experiencia en sí, sino también para hacer un paréntesis en mi vida, descansar un poco de mi mundo, que ya me estaba agobiando y marcharme bien lejos para deshacerme temporalmente de tantas ataduras y poder dejar la mente en blanco. También por eso escogí el proyecto de construcción: mi cuerpo acababa hecho polvo; pero mi mente, súper relajada. Y encontré exactamente lo que buscaba, una vida sencilla, explicada en tres líneas: trabajo físico para una buena causa en compañía de mis amigos, una tarde libre para estar en compañía de los mismos compañeros, de otros amigos, o solo, y ver cada día a los niños y niñas, que me llenaban de vida. Pero aunque sea una vida tan simple y lejos de los lujos del mundo desarrollado, tenía la sensación de no necesitar nada más, de que, si aquella fuera mi rutina y mi vida real, sería una vida plena. Mi familia, mis amigos, todos los proyectos que tenía empezados o por empezar en Barcelona… Apenas pensé en todo eso, porque no lo necesitaba. Y esto me hace cuestionarme ahora hasta qué punto quiero atarme a mi tierra Catalunya y tener cada vez más “cargas” que me impidan marcharme y volver a sentirme tan libre como me he sentido este mes en Nepal. Y tengo otra tarea más que resolver aquí en un país desarrollado, relacionada con el párrafo anterior: saber alejarme de tanto placer material, que acaba siendo una droga y una carga, y empezar a sentirme más libre aquí también.

Me quedan algunas asignaturas pendientes en Nepal: hacer el campamento base del Annapurna, como hicieron mis amigos Pier y John; volver a Bisankhunarayan para ver la escuela terminada y las niñas, niños y profesores otra vez, y vivir durante un tiempo en la acogedora ciudad de Pokhara. De todos modos, esto lo dejo para más adelante, ¡ahora el plan es salir de voluntario a conocer mundo!, siempre y cuando el tiempo y el dinero lo permitan.

Marc Salvado

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